• Mica

"El rey del Once", el reino y su heredero

Actualizado: jul 12

La película argentina dirigida por Daniel Burman (2016) es de aquella que no solo debes ver si no también pensar.


Sinopsis

Ariel, un economista argentino que lleva años viviendo en Nueva York, regresa al barrio de su infancia para encontrarse con un padre aparentemente ausente. Sin saberlo, Ariel no solamente viajará a Bs. As para reencontrarse con su padre sino también con sus raíces, sus tradiciones y con una comunidad que lo llevará de a poco a responderse una serie de interrogantes que había decidido dejar en el baúl de los recuerdos. (Disponible en Netflix y Youtube)




Cuestión de herencia


El rey del Once es una parábola sobre la herencia. Durante muchos años, Ariel estuvo alejado de su comunidad y de su padre. La incomprensión de su propia identidad, de la sofocante vida del Once le hicieron huir a un mundo en el que las preguntas son acaso lo último a lo que se recurre para encontrar la paz.


Sin embargo, el retorno a Once de Ariel es el inicio del redescubrimiento de su identidad y de la reconexión con su comunidad. Llegar al Once es llegar al principio de todo: su padre, su fe perdida y la perplejidad por un mundo que no entiende o que decidió no entender.


La relación con su padre le hizo siempre sentirse perdido. El reencuentro con su padre no se da de la manera que Ariel espera. Usher, el rey del barrio, es un personaje fascinante y misterioso, oculto siempre detrás de un altavoz de celular. Y aunque Ariel no lo entiende siempre dice que sí. Esta no-presencia de Usher de alguna manera obliga a Ariel a reencontrarse con su comunidad; la búsqueda de su padre, su esperanza de encontrarlo en algún rincón del Once, hacen que continuamente redescubra quién es y por qué verdaderamente regresó de Nueva York.


Ese Ariel reacio a sus costumbres, a su pasado y a sus orígenes, ese Ariel incrédulo y perplejo, comienza a entregarse de a poco a esa masa de voces que reclama todos los días al frente de la fundación de su padre. De esta manera, Ariel consciente o inconscientemente empieza a seguir los pasos del omnipresente y siempre oculto Usher.


Su recorrido existencial por esas alborotadas calles del Once, le llevan finalmente al encuentro de su padre. Hacia el final, en un casi inexistente saludo, Usher y Ariel se encuentran cara a cara después de tanto tiempo. Para este momento, Ariel ya ha contestado la mayor parte de sus preguntas y, aunque quizá no entiende aún del todo a su padre, entre coronas de cotillón, acepta ser el décimo hombre, acepta entregarse a su comunidad sin pedir nada a cambiar, acepta la herencia de su padre, que no es otra que la dedicación plena al prójimo.



Sin entrega, no hay comunidad


La narrativa de la película pareciera desarrollarse como una cuenta regresiva hacia Shabat, o quizás hacia Purim; no lo podríamos decir con tanta certeza pero lo cierto es que tanto Shabat como Purim aparecen como dos símbolos importantes del cambio en la vida de Ariel, y por supuesto de la vida judía. Quizás por que ambas festividades nos recuerdan que es mediante la conexión con D’’s que podemos encontrar verdadero descanso y, por sobre todo, que podemos encontrarnos a nosotros mismos. Pero también, que esas revelaciones no son posibles si caminamos solos, después de todo las festividades judías tienen la característica de unirnos mediante la tradición y la rememoración de quién es D’’s y lo que hizo por nosotros.


Tomando este entramado de conceptos y símbolos, podremos percibir en el viaje que hace Ariel hacia sus raíces, una transformación progresiva. Primero, nos encontramos con un Ariel que no comprende la amabilidad desmedida de su padre, que la cuestiona aunque la acepta, y que se siente muy lejos de aquella forma de vida. Sin embargo, es en el mismo hacer que Ariel aprende lo que significa dar. Son los mismos actos de bondad los que van transformando su vida, desde afuera hacia adentro. Es la cercanía con su comunidad, con la fundación de su padre y con la vida de los que más necesitan lo que comienza a cambiar el corazón de Ariel. Este hecho nos lleva a preguntarnos si es posible la existencia de la comunidad sin la entrega diaria de quienes la integramos. Damos por hecho que no es posible practicar actos de bondad o de entrega si no estamos en contacto con otros, pero ¿podemos estar en contacto con otros sin entregarnos? ¿Existiría una verdadera conexión sin entrega? Quizás la pregunta correcta sería si podemos estar en contacto con nuestro padre si estamos desconectados de la comunidad.


La película “El rey del Once” nos lleva a reflexionar sobre tales cosas. Nos hace cuestionarnos nuestro lugar en la comunidad, no como si de un rol a cumplir se tratara sino que nos hace pensar nuestro lugar en relación con la distancia ¿que tan lejos o tan cerca estamos de la comunidad? ¿cuál es nuestro nivel de entrega? ¿podemos decir que comprendemos a D’’s si no estamos dispuesto a entregarnos a otros? ¿podemos afirmar que tenemos verdadera conexión con D’’s si no estamos en verdadera conexión con nuestros hermanos? ¿no es la entrega un sinónimo del amor hacia el prójimo?


Entre minián y minián, la película nos empapa de la tradición judía y con ella del concepto de comunidad. Ariel pregunta ¿por qué es necesario que sean diez hombres? a lo que otro personaje le responde por que diez son considerados comunidad, y en este diálogo que continúa se devela que no importa mucho la razón de por qué diez son considerados comunidad, sino que lo que realmente importa es el hecho de vivir la fe en conjunto, entendiendo que mi vida sí importa para que la comunidad continúe existiendo, lo que importa es poder estar presente para la necesidad de los demás. Lo que verdaderamente importa es que, como le sucede a Ariel, el encuentro con nuestro padre se produce cuando pasamos a formar parte de la comunidad; allí descubrimos nuestra verdadera identidad como hijos sus hijos, como miembros de su pueblo.



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